En el lugar de la explosión, cerca de 50 personas revuelven la tierra con palos y varas. Buscan rastros de sus familiares desaparecidos el viernes en un plantío de alfalfa de la comunidad de San Primitivo, en Tlahuelilpan, Hidalgo.

“Que yo encontrara un diente, Kari. Con un diente que encuentre tuyo, hija”, dice una mujer, con la voz rota por el llanto.

A orillas de la zanja donde el viernes pasado sobrevino el estallido del ducto Tuxpan-Tula, la gente que busca restos amontona sobre la tierra quemada las cosas que va encontrando.

Una moneda de diez pesos, la suela calcinada de un zapato, un trozo de uniforme de un chico de secundaria. También hay botones, cierres, hebillas.

La gente se alborota de pronto: “¡Aquí hay un pedazo de piel!”. Una mujer exhibe un trozo informe de color carne. Contiene lo que parecen las líneas de una mano. “¡Es una mano, es una mano!”, grita.

La gente se acerca a ver. “No vamos a perder la esperanza —dice una de las mujeres—. Nos los tienen que entregar, quemados o en lodo, pero nos los tienen que entregar”.

Las cifras oficiales hablan de 64 personas desaparecidas. Juan busca a sus primos, Jonathan y Marcos, de 22 y 23 años. En el terreno hay manchas de grasa humana. “Esto que ves aquí es un cuerpo”, dice Juan. “Aquí quedó otro, y allá hay otros dos”.

En el panteón de Tlahuelilpan hay siete fosas abiertas, al pie de las cuales esperan los enterradores. Los féretros llegarán cuando termine la misa de cuerpo presente que se celebra en el templo. Hay también cuatro tumbas nuevas, de pobladores enterrados ayer. “Doce entierros en dos días. Jamás se había visto algo así”, dice el panteonero Alejo Monroy.

En Cinco de Mayo, la avenida principal, dos mujeres lloran a mitad de la calle. Pasa un taxi que lleva escrito en el cristal trasero: “Descanse en paz señora Gera”. La explosión es el único tema en Tlahuelilpan.

Aquí, la venta de combustible robado comenzó a practicarse de manera abierta desde los disturbios causados por los “gasolinazos” de enero de 2017, según el relato obtenido entre varios de los pobladores.

La compra de huachicol llega a hacerse, incluso, por teléfono, “para que los clientes no se comprometan”. “Te la llevan a domicilio, las entregas son de noche, pero tienes que comprarles de 50 litros para arriba, si no, no te llevan ni madres. Comenzaron vendiendo a 12 varos el litro. Ahora lo dan a siete porque hay mucha competencia”.

César, uno de los jefes del huachicol, murió el viernes en San Primitivo. Tenía un negocio de hojalatería que le servía de pantalla, aunque en realidad “vendía gasolina que daba miedo”.

Aquel día fue a la zanja a cargar. Hizo un viaje y regresó al taller con la camioneta llena de bidones. “Quiso ir por más y ya no salió”.

Desde las dos de la tarde corría la noticia de la fuga. Un periódico local, que ofrece sus ejemplares desde el altavoz de un automóvil, puso en alerta al pueblo. Pronto llegó gente de Ahuehuepan, Tlaxcoapan, Atitalaquia y otros municipios cercanos: se decía que estaban regalando gasolina

“Parecía un balneario”, recuerda uno de los pobladores. “Era una pachanga”, dice otro. La gente que salía de trabajar iba por cubetas y bidones. Había tantos autos que tomaba una hora salir del lugar.

Uno de los enterradores dice que los gases de la gasolina debieron enloquecer a la gente porque “estaban todos riéndose, idos, bien pinches drogados con tanto pinche olor de esa madre”. “Ponían las cubetas y les valía madre mojarse con la gasolina”. Los niños de la secundaria se pararon a ver, “muchos de ellos se quemaron por ir de babosos”.

Hubo mareos, desmayos. Algunas personas vomitaron antes de la explosión. Pero la mayoría seguía en la cascada de huachicol, riendo, gritando, celebrando, como si estuviera ebria. Vino la explosión, que comenzó a un lado del camino, en donde se habían estacionado los autos: “Algunos salieron por su propio pie, envueltos en llamas. Otros no lograron salir de la zanja y ya no queda nada de ellos”.

“El que salió en el video gritando ‘me muero’, falleció ayer. Para él es este hoyo”, dice uno de los enterradores.

En el terreno de San Primitivo, Andrés busca a sus familiares. Dice que el ducto ha sido “picado” once veces y “nunca ha pasado nada”.

A Andrés lo acompañan varios vecinos. A tres días de los sucesos, han ido construyendo su propia explicación: “Si el fuego vino de donde estaban los autos, quiere decir que de ahí salió la chispa, y que esto no fue un accidente sino un asesinato colectivo… A muchos nos consta que los huachicoleros no estaban contentos de que nosotros mismos nos estuviéramos surtiendo”.

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