Enrique Castillo González

Y como estos son días en que el espíritu es el protagonista central de toda atmósfera, y como es el color rojo y las grandes sonrisas lo que impera, pues nada, hoy dejo el análisis crítico dentro del cajón y doy paso al brutal ejercicio de la memória, e incluso, en ese mismo contexto, permito que sea la memoria olfática la dueña de los aspectos agradables; escribo entonces horas después de la noche buena-

¿Qué del título?… Verán, serían ya 45 años que yo cursaba la educación secundaria en la extraordinaria #66. Y el recuerdo más poderoso es cuando justo estaba en el 3er año. En ese grado sudábamos cierto aire de poder y superioridad, y, algo que también “graduaba” esos días era que las niñas eran clasificadas por colores, -las de 1er año en un hermoso color rosa que junto con sus blancas calcetas que les llegaban casi a las rodillas, las hacia ver, sobre todo cuando caminaban juntas, como una nerviosa pero elegante parvada de flamingos yucatecos.

La de 2do, llevaban una falda azul eléctrico, y si, ya habían dejado la infancia lo que hacía de ellas unas hermosas pre/adolecentes enfundadas en la energía de su uniforme. Ahora viene lo difícil de esta explicación.

¡Las mujeres de 3er año!..¡no había nada más atractivo que ver en el patio!, convivir y estar con esos seres de cabellos largos, peinetas y canicas o cintas en la cabeza; no es secreto escribir que una mujer de esa edad junto a inverbes niños de 14 o 15 años era algo cómico; todas ya mujercitas desarrolladas y junto a ellas preadolecentes sufriendo de agné y tonos de voces cambiantes, ah, el vestido de estas hadas era color guinda, un color ni oscuro ni claro, pero si elegante.

Pues nada que la memoria a traído a mí el pasaje de la historia que cambio mi vida; si, al puro estilo de Milán Kundera hubo un acto en aquella mi vida que dirigió el futuro al universo donde ahora estoy, es decir, en lugar de caminar al espacio del realismo cuasi castrense, ese evento del que abajo comentaré me llevó de la mano al enorme universo idealista y mágico en el que ahora vivo, ¿de qué pasaje estoy hablando?

Hace 45 años. La mañana de un luminoso sábado mi madre llegó hasta mí y traía en su cara una extraña sonrisa, en su mano llevaba un sobre con ribetes de colores (azul y rojo) en sus orillas; un elegante timbre postal en una de sus esquinas y en el lomo del sobre mi nombre completo, -Enrique Cuitláhuac Castillo González; Loma 12 San Ángel In, México DF- más cuando mi madre me entregó esa carta lo hizo mostrándome la otra cara del sobre, obligándome a leer el quien me remitía; -flor de fuego-. Cuando regresé la mirada a mi mamá vi en ella un gesto que iba de la curiosidad a la ternura.

De aquello, que fue hace más de cuatro décadas por eso recuerdo poco, me refiero al texto; solo tengo presente la excelente letra cursiva y la firma “Flor de Fuego”, sí, me decía que era ella una niña que estaba en mi salón y que yo le gustaba (¡YO LE GUSTABA!…WOW). Arriba cite a Kundera pues el en uno de sus ensayos explica con detalle que el SER es tan leve como la membrana de un oído o la de un capullo a punto de ser fracturado y que en la vida hay ciertos actos que pueden cambiar drásticamente el destino de ese SER; a mí me afectó así.

Luego de que mi madre puso esa carta en mis manos y de que ella, al fin mujer, pudo haber entendido que solo se trataba de un juego travieso de una niña (¡de vestido guinda¡) yo pensé diferente, comencé a fortalecer mi auto estima, imagino yo que mi aseo personal e incluso mi acicalamiento era ya pensando que en cualquier momento conocería a “flor de fuego”, es decir “mi ser cambió”, ahora entiendo que desde esos días busqué leer a Franck Kafka, José Saramago, Thomas Mann e incluso al pesado de Fredrich Nietzsche; de no haber aparecido “flor de fuego” seguramente mi adolescencia hubiera sido más prolongada.

Epílogo. Hace cinco años, y gracias a las benditas redes, aquellos que cursamos el 3er año de secundaria en la 66 vivimos la excelente experiencia de reunirnos, volví a encontrarme de frente con ellas, las niñas de elegantes uniformes color guinda y los siempre ocurrentes compañeros de ese mismo salón, y, aunque mis ojos en algún momento se convirtieron en rayos ultra violetas y mis oídos fueron tan sensibles como el “sonar” de un moderno submarino no pude localizar, detectar o leer la presencia de mi adorada flor de fuego, por lo que decidí que todas ellas serían ELLA, la mujercita que además de haberme traído la pícara sonrisa de mi madre, me trajo también toneladas de auto estima y que puso a mi SER en los rieles del romanticismo más clásico. … Y a lo que sigue.

Ultimo patrullaje.- la República Mexicana termina el año sumida en la KK de la mala política, las columnas del DERECHO están tambaleándose y la escalofriante tesis de la -razón de estado- flota como viento negro.

Greguería.- eso de cenar en la noche buena con “el rayo de Jalisco” y con “el Santo” realmente fue una experiencia, obvio que entre mordida y trago tenía yo que estar observando que esos luchadores no callaran en mi plato, nada cambiaría el que uno tuviera cinco años y el otro solo tres; los chanclasos de la mama (sin acento) serían los mismos, gracias familia Parga Casas por esa cena de noche buena en su hogar.

Balazo al aire.- del porqué del sentido surrealista en algunos de mis apuntes.

OXIMORON.- cálido frío.

HAYKU.- Estando lejos, vimos la luna al mismo tiempo,
nuestra línea visual se trenzó..
Y se abrazó