Enrique Castillo González

Rubén Darío fue un sargento de infantería que, dentro de la exigente vida militar alcanzó varios logros, entre esos su principal éxito fue el darle un uso óptimo a la resiliencia. Pie veterano de “tropas de asalto” en el entonces naciente cuerpo de Guardias Presidenciales (1953), exitoso cursante del entrenamiento básico de soldados Ranger’s en Fort Ord (Texas) (1971); aunque lo más grueso de su orgullo se acunó en el haber sido pié veterano del entonces recién formado 60 Batallón de Infantería (1974) en el Ciprés Baja Calfornia.

Casado con la hija de un Teniente Coronel y padre de 7 hijos Rubén veía crecer a los 4 hombres y observaba con amor el desarrollo de sus 3 pequeñas hijas, a ellos los dejaba jugar con sus cartuchos o los ponía a lustrar sus botas o cirolear (pulir hasta lo máximo) sus escudos; sus pequeños hijos, no lo sabían pero mientras ayudaban a su padre él los visualizaba como poderosos Generales, médicos militares o Pilotos de Combate; Rubén soñaba ver a sus hijos portando uniforme y dentro del cuartel o los veía llegando a la casa llevando a sus esposas e hijos.

El tiempo siguió su marcha, Rubén, durante miles de mañanas oscuras acudió a su cuartel a la “lista de Diana” y mientras retumbaba el ruido de parches y trompetas él seguía pensando en ver a alguno de sus 4 hijos uniformado y haciéndole el saludo militar; el primogénito decidió ser contador otro le dio por eso de la abogacía y de ahí la vida política, el chocoyete optó por separar drásticamente a su cuerpo de la fugaz vida y al de en medio lo jaló el agridulce oficio de “escribir”; entonces, contador, escribidor, abogado y fantasma no le cumplieron el sueño al sargento de infantería, y sí, él, siempre alumno de la hada resiliente nunca les quitó un gramo de amor.

(1984) Estando Rubén como comandante de una “partida” en Acapulco, sucedió lo que el maduro sargento estaba esperando (diría un buen católico “el señor trabaja en formas misteriosas” aunque yo agregaría “Dios sí que tiene sentido del humor), digo pues, una noche mientras Rubén y su familia veían desde el jardín de su casa (en el cerro de la laja), el como la luna regaba su luz sobre la bahía, llegó a su espacio un individuo que desde ese momento, cambió radicalmente la vida de esa Famiia… Llegó pues quién sería el hijo militar del sargento.

En esos días Francisco era un joven recluta en un Regimiento de Artillería, que si las familias eran amigas, que si el tío era compañero de armas de Rubén, como sea, la cosa es que Francisco llegó al jardín de la casa del sargento Rubén Darío donde estaban la dos hijas menores del soldado; quien esto escribe fue testigo del crucial evento.

Pues nada, el recluta iba a pedir permiso para visitar a una de las hijas del señor sargento, los hombres presentes y la curiosa mamá lentamente buscaron la cara de Eva, joven preparatoriana y desde esos días, ya una guapa mujercita, por ello, cuando el nervioso acapulqueño fijó su moreno rostro en Rosy la otra hija, mamá construyó desde el fondo de su corazón un suspiro, el sargento hizo un gran esfuerzo por no dejar salir una sonrisa y el hermano ahí sentado le lanzó una mirada con ganas de que de esa llevara lenguas de fuego. Rosy recién acabalaba los 14 años pero su complexión y dulce rostro la hacían ver casi como de 12 años. Último apunte de este párrafo, durante todo el evento de la primera visita de Paco a la casa de la que sería su novia, él nunca soltó un enorme oso de peluche que traía consigo (casi 60cm de alto).

Pues nada, un año y medio después Rosa y Paco se casaron, para esos días Francisco ya tenía el grado de Cabo de Artillería y daba cumplimiento a las comisiones que la superioridad le ordenaba, y sí, Rubén ya le había adoptado como un hijo más. El destino seguía siendo el mejor amigos de esos soldados mexicanos.

Llegó la nieta, Francisco logró entrar a la escuela más emblemática de las FF.AA. la presencia de Isabel más la estadía de Paco en esa Escuela Superior entregaban amor y orgullo a Rubén y a Martha, Rosy ya no parecía una niña de 13 años jugando a los novios, cuidaba de su hija Isabel lo que la hacía ver como una jovencita de 15 años cargando una hermosa muñequita tan morena como el cabo Francisco y la niña Rosy.

En esta parte del cuento bien podría yo escribir “y fueron felices para toda la vida” ¡pero no! Paco le llevó al aún fuerte pero ya “retirado” sargento más momentos de honor, gloria y amor.

Paco le obsequió a su familia los títulos e insignias de aquella Escuela Superior, Rubén no dejaba de mostrar su orgullo y Martha incluso se escondió para bailar de felicidad, y, para mayor felicidad, nacieron dos hijos más.

Como sea la carrera militar del cabo de artillería siempre fue acompañada por su padre, el sargento Rubén Darío. Todo caminaba casi como lo ordena la doctrina; llegó otra ola de existes. El hijo mayor de Paco y Rosy (al que desde ya le daremos el nombre de Paco II) decidió seguir los mismos pasos de su padre y de su abuelo, solo que él no se fue a formar ni al Cuartel de su abuelo ni al Regimiento de su padre, Paco II se dio de alta como soldado de Caballería y cuando se graduó como Oficial de esa arma se dejaron tomar una fotografía en esa los tres soldados provenientes de diversas armas se mostraban llenos de honor y válida alegría, en ningún familiar cabe la duda de que ese día fue uno de las más felices de cada uno de ellos.

Solo algunas semanas después de la titulación de Paco II el sargento Rubén fue llevado al hospital, aunque su cuerpo estaba perfectamente sano, producto de una vida disciplinada, su mente ya había causado baja del ejército de la realidad, viudo y satisfecho con lo que Dios le había dado Rubén se comenzó a desvanecer, los Servicios Médicos y Sociales del Instituto Armado no dieron espacio para que en su deslizamiento hacia la muerte Rubén tuviera ni un segundo de dolor. Rubén se fue. Siguiendo su deseo el cuerpo se cremó vestido de uniforme. Sin previo acuerdo, quien llevó la pequeña urna con las cenizas de su padre fue su hijo, el cabo de artillería Francisco C. Sánchez, mejores manos no pudieron ser las que depositaron a Rubén junto a su esposa e hijo. Tres años después.

2018, en Acapulco, Paco jugaba con sus nietos (Isabel los hizo abuelos muy pronto) solo atinó a decir -me siento mal- dentro de su cabeza su cerebro sufrió un devastador derrame, los mejores cirujanos del puerto hicieron por su vida, soportó la intervención y eso permitió que uno por uno, sus seres queridos pasarán a bendecir el cuerpo dormido de Paco; Rosy, su hada, su Dragón y su Gigante hasta el último momento tuvieron la esperanza del milagro, pero Paco decidió dejar salir su espíritu, seguramente que en el iris de sus ojos quedó tatuada la imagen de su nieto mayor con todo y su gran sonrisa.

Esta fue la historia del originalmente cabo de artillería Francisco C. Sánchez, el hijo que el sargento Rubén D. Castillo siempre quiso tener. Este artillero le obsequió a su familia cada grado de su carrera militar y también el orgullo de haber egresado de la Escuela Superior de Guerra, y lo más importante, Paco le dio al Sargento un nieto, soldado de caballería que, sin duda, superará las metas de padre y abuelo.

Ultimo patrullaje.- en su cuartel, durante sus horas de “academia” el sargento Rubén repetía -la disciplina es un aspecto fundamental, seminal en cualquier organización militar. Sin ella no puede haber ejércitos, la disciplina militar es precisamente lo que hace que un grupo de voluntarios, ensamblados de forma improvisada e incapaz de desarrollar acciones coordinadas pueda transformarse en un ejército con la capacidad de actuar como un mismo cuerpo para crear una defensa o emprender un ataque colaborativo-

Balazo al aire.- la hermandad de las armas puede ser más fuerte que la que da la sangre.

Greguería.- antes de apagar su mente atrapó el rostro de su nieto y registro la voz de ese diciéndole abuelo, fue tan productiva su vida que a su velorio nadie fue con trapos negros ni hubo plañir excesivo,

OXIMORON.- la sonrisa de la tristeza.

HAYKU.- la voz del mar es
la expresión más viril de la naturaleza,
te amo princesa