Hontanar/Raúl Pérez García

En nuestro país, los políticos son sinónimo de descrédito, y esto nos ha marcado a los mexicanos a lo largo de los años, desde que Agustín de Iturbide, uno de los dos consumadores de la Independencia (el otro fue Vicente Guerrero), se hizo coronar como el emperador Agustín I de México, imperio que los historiadores catalogaron acertadamente como “de opereta”.

Guadalupe Victoria, el primer presidente de la República, y su sucesor, Vicente Guerrero, fueron dos mandatarios honestos y patriotas, y así iniciamos el camino que nos condujo a los gobiernos liberales, con Benito Juárez como ejemplo de patriotismo. Antes se tuvo que padecer a un payaso y ladrón como lo fue Antonio López de Santa Anna, que en el colmo de la desfachatez, se autonombró “Su Alteza Serenísima”.

 

Este ludópata vendió a los gringos la mitad del territorio nacional, triste historia conocida por la mayoría de los mexicanos, y a otros más que buscaron y lograron el poder para enriquecerse.

Juárez, como presidente, gobernó una república sin recursos económicos, y culminó, junto con los demás líderes liberales, con lo que se conoce como la “Aurora Constitucional”, al promulgarse la Constitución de 1857, Carta Magna que traicionó Comonfort y que llevó al país a una guerra civil, que aprovecharon el clero católico y los conservadores para traer a Maximiliano de Habsburgo para que fuera el Emperador de México, pero les resultó demasiado liberal, y además masón.

Juárez, con la ayuda de los gringos, lo derrotó y lo fusiló en la ciudad de Querétaro.

 

Sebastián Lerdo de Tejada, a la muerte de don Benito, asumió la presidencia. Hombre de una gran cultura, soltero y afecto a la buena vida, comía todos los días en el jardín restaurante “El Tívoli”, propiedad de una madame francesa, en donde consumía en abundancia champaña y vinos de Burdeos.

Al mediodía siguiente enviaba a un ayudante a la cantina “El nivel” por un par de sangrías, para mitigar una resaca, digamos, culterana, y poder trabajar.

Y, Porfirio Díaz se hizo del poder, el que abandonó cuando Francisco I Madero hizo la hombrada de lograr que los mexicanos, por décadas obsecuentes ante el poder político, se levantaran en armas en busca de una democracia que hasta la fecha no hemos consolidado.

Este es el origen del descrédito de los políticos mexicanos. La Revolución nos libró de un dictador que fue el amo del país durante treinta años, para caer en una dictadura de partido que duró de 1929 al año 2000, y es también, el descrédito y causa y razón de la impopularidad de los más recientes presidentes de la República, entre ellos, Enrique Peña Nieto.

Con los recientes terremotos, recordamos el sismo de 1985, que destruyó Ciudad de México y en donde murieron miles de personas, fue un “parteaguas” y el bálsamo que elimina el hipotético pentotal sódico que adormece a los mexicanos.

Así, en las elecciones presidenciales de 1988 – tres años después del terremoto- Cuauhtémoc Cárdenas estuvo en un tris de triunfar. La “caída del sistema ” le impidió llegar a la presidencia, la que asumió Carlos Salinas de Gortari.

Las muestras del repudio de los capitalinos y provincianos, que prácticamente “corren” a los políticos de las zonas de desastre, nos deja entrever que en las elecciones del próximo año se repetirá el fenómeno de 1988, con una variante: el electorado favorecería a un candidato no catalogado como “político tradicional”, postulado por un partido o coalición política.

Así corren al delegado de Xochimilco, Avelino Méndez.

โพสต์โดย Luis Jorge Gallegos บน 21 กันยายน 2017

El abanderado de tales “instituciones” sería un externo. Empero, resultará un imposible vencer al abstencionismo, cáncer social que frena la democratización y el progreso de México.